Lunes 18 de
febrero del 2008
Ya
estoy acomodado en mi nuevo hospedaje, tengo unas mantas, un colchón medio roto
pero que sirve a sus propósitos, algo de comida enlatada, el anafe y el resto
de mis cosas. Pampa me acompañó hasta la tranquera del frente, como quien
necesita un guardián, un guardián juguetón, se quedó sentada un tiempo en la
entrada esperando a que yo saliera, pero al ver que eso no iba a pasar pronto,
se levantó y volvió con sus amos. Ahora se está haciendo de noche, así que no
voy a poder seguir escribiendo por hoy, tengo una sola luz, y está del lado de
afuera, así que me tengo que apurar para terminar las pocas cosas que me quedan
hacer, además más tarde me veo con Vero, vamos a ver que pasa hoy!
Son las cuatro a.m. así que ya es 19 de
febrero, estoy escribiendo a la luz de una linterna, complementada con el
anafe, volví hace una hora de la casa de Vero, la pasamos excelente, y quisiera
dedicarle más tiempo, el que realmente se merece, pero no dejo de tener una
sensación de constante acoso, desde hace bastantes días atrás la vengo
sintiendo, vine a revisar el diario para ver si había escrito algo antes, y sí,
ahora recuerdo, hará por lo menos una semana atrás que me pasó algo parecido
cuando estaba jugando con Pampa, pero esa no fue la única vez, también me
pareció ver algo afuera de la casa de Raúl, una noche, de las primeras en la
que estuve ahí, me desperté por los ladridos de la perra, y algo así como una
sombra, se escabulló por la ventana en el momento que fui a ver que pasaba, no
había nadie así que no le di importancia, pero hace un rato, cuando estaba
volviendo de ver a Vero, sentí que me seguían, cuando pasé por lo de mi hermano
Pampa salió a recibirme, con su cola haciendo el vaivén característico de
alegría, y el reconocible gimoteo de un “te extraño”, le acaricié la cabeza, y
me dejé lamer la mano, cuando me propuse seguir mi camino ella vino conmigo, le
ordené varias veces que se volviera para la casa, pero no me hizo caso, intenté
espantarla, amagando, como si fuese a
darle una patada, pero ella solo atinaba a ladear su hocico y mirarme con ojos
de desconcierto, así que desistí en mis intentos de alejarla, y le permití que
me acompañara. Vinimos jugando con un palo que se encontraba en el suelo, sin
embargo, en algunas ocasiones al ir a buscar la rama, se quedaba ladrándole a
la nada hasta que yo la llamaba. Una vez que llegamos a la tranquera la
despedí, cerré el portón de madera sin dejarla pasar, se quedó sentada unos minutos,
lo sé porque me quedé esperando a que se vaya, y luego emprendió el viaje de
regreso. Quizás no es nada de nada, solo mi mente sugestionada, pero si no es
así, ¿Qué le pasa a Pampa?
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