Domingo 17 de febrero del 2008
Busqué toda la mañana la foto, le pregunté
a Raúl si la había visto, no sabía nada, en su rostro observe que no había
mentira, le pregunté a su esposa, su cara era de sorpresa, me ayudó en la
búsqueda, revolvió toda la casa, se notaba lo preocupada que estaba, así que la
descarté como sospechosa, además, ¿Para que querría justo esa foto? Quizás la
perdí en otro lugar, o se me cayó, me pone muy triste que haya desaparecido, y
me da mucha bronca no encontrarla.
También me pasaron cosas muy lindas este
fin de semana, pero con el asunto de la foto no pude escribirlas antes. El
jueves a la noche estaba en la plaza vendiendo mis artesanías, de pronto siento
que alguien se detiene a mirarme, no levanté la vista pero sentí que sus ojos
se clavaban en mi, atiné a levantar la cabeza lentamente, pensé que se trababa
de algún cliente disconforme, pero al observar sus pies me relajé un poco, eran
piernas femeninas lo que veía, si bien las mujeres pueden hacer más escándalo
que los hombres, sabía al menos que no iba a recibir una golpiza. Seguí el
recorrido hacia arriba hasta encontrarme con su rostro, debo reconocer que en
el trayecto me detuve en ciertas partes más de lo conveniente, y debe haberse
dado cuenta, ya que esbozaba una sonrisa picara, y una expresión sarcástica de
falsa estupefacción, lo que generó que se me suba el calor a la cara, si
hubiese tenido un espejo a mano, mi reflejo hubiese sido de un rojo intenso.
-
Verónica- dijo extendiéndome la
mano.
-
Tomás, encantado- le respondí,
todavía con la cara roja.
-
Se te nota- alcanzó a decir
mientras sacaba un papel y un lápiz de su cartera.
-
Tomás?- me preguntó como si no se
acordara, al mismo tiempo que escribía algo que no llegaba a ver desde mi
posición. Esperé a que sus ojos se posaran nuevamente en mí, y asentí con mi
cabeza lentamente. Debo reconocer que en ese momento no entendía que estaba
pasando.
De repente el lápiz dejó de moverse, lo
golpeó dos veces contra el borde de la hoja, dudó como por dos o tres segundos
mientras perforaba el interior de mi ser con su mirada, me entregó el papel, no
se si fue a propósito, o la torpeza de mis movimientos, pero dos de sus dedos
rozaron el contorno de mi mano, el resultado, rubor permanente. Se dio media
vuelta y se marchó, la observe durante algunos segundos hasta que me percaté de
una cosa, la gente a mi alrededor tenía los ojos fijos en mi, agaché la cabeza,
guardé el papel en el bolsillo, y seguí trabajando. No pude dejar de pensar en
aquella situación durante los largos minutos de esa noche, me comportaba de
manera distraída, estaba un poco desatento con los clientes, disperso,
intentando contener la ansiedad, quería meter la mano en mi pantalón, sacar la
anotación y leerla ahí mismo, pero al mismo tiempo no quería lucir desesperado,
así que esperé todo lo que pude resistir, de un momento a otro tomé mis cosas y
procuré guardarlas, entré en un estado de torpeza y desorden, no es un estilo
muy mío, pero no aguantaba más las ganas. Una vez hube terminado de empacar los
adornos y las herramientas me fui, al ir caminando me di cuenta que la plaza
estaba en su mejor momento, la gente se había agolpado aquí y allá, dude por un
momento de mi retirada, hasta que de pronto sentí un chistido.
-
Ey!- escuché a mis espaldas.
Giré
sobre mis pies, y ahí estaba ella nuevamente, con su picara sonrisa dibujada en
el rostro.
-
¿Se puede saber a donde se va el
señorito a esta hora?- me increpó con el ceño fruncido, sus brazos en posición
de jarra, sus dedos repiqueteando en su cintura, el pie izquierdo golpeaba el
suelo impacientemente, su postura me hizo acordar a mi madre cuando estaba a
punto de regañarme, sin embargo, y para mi consternación, soltó una carcajada,
fue como si de repente abrieran la compuertas de una represa y todo un río se
precipitara abruptamente por la tensión acumulada. Relajé un poco mis hombros y
respondí en forma de pregunta.
-
¿A mi casa?, en realidad a la casa
de mi hermano- respondí entrecerrando los ojos en búsqueda de su aprobación.
-
¿Pero tan temprano? ¿acaso no leyó
todavía lo que le escribí? Preguntó sin sorpresa, ya sabía la respuesta.
-
No tuve tiempo- mentí- Y estoy un
poco cansado- volví a mentir.
-
¿Podrías leerla ahora? No vaya a
ser que lo hagas tarde y después te arrepientas- me dijo con voz aniñada y
burlona.
Saqué el papel del bolsillo, con más
torpeza de lo habitual, y leí para mis adentros.
-
Sí,- contesté sin miramientos.
-
¡Genial! ¿Me esperarías a que
cierre el puesto? Tardaré una hora más o menos, podrías esperarme en el bar que
está en la esquina.- me dijo señalando un barcito lleno de jóvenes puntanos.
Asentí
con la cabeza, nuevamente las palabras se atoraron en mi garganta. Sin un hasta
luego, producto del desconcierto y la vergüenza, caminé en dirección al bar,
parecía flotar con cada paso que daba, como si saltara de una nube a otra, mis
manos sudaban gracias a los nervios, pero me reconocía contento más allá de lo
raro de la situación.
Procuré
una de las pocas mesas que se encontraban libres en la parte de afuera, me
prendí un cigarrillo, y esperé a que me atendieran, me trajeron una cerveza
estúpidamente helada, la cual bebí a grandes sorbos, mis dedos secaban las
gotas de la transpirada botella, al tiempo que mis pies repiqueteaban en el
suelo, aguardaba el momento a que Verónica apareciese con muchas ansias. Los
minutos pasaron lentamente, la bebida empezaba a escasear en el vaso, y a
sobrar en mi sistema, poco a poco fui ganando la sensación de mareo, sí,
aquella que se sufre cuando uno tiene copas de más, nadie alrededor parecía
notarlo, la lógica me decía que ellos estaban igual o en peor estado que el mío.
De repente, y sin darme cuenta, alguien corrió la silla que tenía al frente, y
ahí estaba ella, esbozando su reluciente sonrisa. Nuevamente se detuvo unos
segundos para examinarme con su mirada, como si estuviese buscando alguna cosa
extraviada detrás de mis ojos, parpadeó, y como si fuésemos amigos de toda la
vida soltó un ocurrente comentario.
-
¿Cómo que estuvimos bebiendo, no?
Al tiempo que sostenía la botella vacía en una de sus manos.
-
¿Debería haber esperado? Pregunté
asustado, pensando que quizás había violado alguna regla de caballerosidad.
-
¡No!- exclamó golpeándome el
brazo. – Ahora voy a tener que tomar más rápido para seguirte los pasos, te me
adelantaste un poco nada más. Dijo mientras levantaba en su mano la botella
agitándola para que el mesero la viera.
-
¡Bueno! Dije envalentonado por la
bebida. – ¿A que debo su amable invitación?
-
Directo al grano, como me gustan a
mi. Guiño un ojo cómplice. – Te vengo observando desde hace algunos días, como
te habrás dado cuenta, trabajó a unos pocos pasos del lugar donde tendés tu
manta, me gusta lo que hacés, me gusta como tratas a tus clientes, me gusta tu
onda, y tenía ganas de hablar con vos. ¿Soy muy directa? Espetó, mientras
alcanzaba a llenarse el vaso con la cerveza que acababa de llegar.
-
Bastante para lo que uno está
acostumbrado. Le contesté alagado y nuevamente ruborizado. – Acá me tiene, a su
merced. Continué, mientras hacía un ademán con mis manos.
La charla prosiguió entretenida, entre
risas, preguntas y coqueteos mutuos, tres horas después, y varias cervezas más
terminamos yendo para su casa, la cual estaba de paso para donde yo tenía que
ir. Me invitó a pasar, pero alegué cansancio y borrachera, pero la verdadera
razón era un poco de vergüenza y culpa. Sí, me gusta, y al parecer yo le gusto
a ella, pero tentar a la suerte cuando una noche ya está bien en si misma, no
es lo mío. La despedí con un beso, cerca de la comisura de sus labios, eso fue
más por histérico que por otra cosa, pero pareció agradarle.
Al continuar con mi camino vi que alguien
me estaba esperando en la esquina de la casa de Raúl, ¡PAMPA! Grité con
alegría, había venido a esperarme, y al parecer estaba contenta de verme,
porque no paró de mover la cola desde el momento en que me reconoció, corrió y
corrió a mi alrededor, ladrando, tirando sus patas delanteras para jugar
conmigo, cuando llegamos a la casa le di un nuevo juguete que había comprado
ese día, ella estaba muy feliz, y yo también.