Las hojas del
frondoso fresno de las festividades se encontraban teñidas de un color amarillo
y anaranjado, el otoño se abre paso lentamente pensó para sus adentros,
mientras miraba las últimas hormigas apurarse en sus quehaceres de recolección
del alimento. Una pequeña rama revoloteaba en su mano mientras la acercaba muy
despacio al lomo de una de las hormigas obreras que sostenía un pedazo de hoja,
trataba de encaminarla nuevamente ya que se encontraba un poco perdida,
mientras le daba animo a la criatura para que llegase junto a sus hermanas, un
llamado se oyó cerca, arriba en la loma, <<¡Aumund! ¿Estás ahí?>>
la voz de la madre de Aumund resonó por todo el bosquecillo, el se levantó
saludando a las hormigas inclinándose hasta que su cabeza tocó el suelo
diciendo: <<Hasta la vista mis amigas, nos encontraremos el próximo año
una vez que termine el invierno>>
soltó la rama que tenía en su mano y se dispuso a correr loma arriba en
dirección de su madre, cuando llego a la cresta, ella le estaba esperando con
sus brazos cruzados y el ceño fruncido, él se quedó mirando el suelo con sus
manos detrás de su espalda mientras jugaba tímidamente con la punta de uno de
sus pies. <¿Cuántas veces te he dicho que no quiero que juegues a esta hora afuera
de la ciudadela?> dijo su madre enfadada, –¡mamá! –respondió él con una voz
caprichosa, –Aumund, estas tierras son peligrosas para un niño que anda solo en
medio de la florestas.
-
Lo sé, pero…
-
¡pero nada! –debemos volver a casa antes que
obscurezca –miró en dirección al cielo mientras pronunciaba estas palabras, y
continuo diciendo, <no me gustan nada esas nubes>
-
Volvamos rápido, ¿Quieres?
-
Quiero, pero… pero –hizo silencio –la miró riendo y le
dijo:
-
¿Una carrera
hasta el puente? ¿O estás demasiado anciana como para ganarle a un niño que no
pasa de las doce primaveras? –la madre rió, le pellizcó las mejillas y le
mordió el cuello, el se hizo un ovillo, las cosquillas le tendieron en el
suelo, en ese momento, ella aprovechó la distracción de su hijo para levantarse
la falda hasta las rodillas y salir corriendo en dirección al puente. <!mamá
eres una tramposa!> gritó Aumund mientras corría tras los pasos de su madre.
Al
llegar a la aldea, Hedeby, su hermano mayor, vacilaba junto a otros muchachos,
hablando de las guerras y de lo que él podría hacer frente a un gran guerrero
si se presentase la ocasión, <primero> decía él con aires de grandeza y
haciendo la pantomima como si se tratara de una batalla, <le cortaría el
brazo con mi espada, y luego cuando esté tendido en el piso, llorando y
sangrando, ¡zas! le arrancaría la lengua con mi cuchillo> jadeaba con los
ojos desorbitados, mientras el resto de sus amigos le miraban risueños, sintió
un resoplido en la nuca cómo si se tratara de un toro embravecido, se percató
que las carcajadas habían cesado, tragó saliva y sin darse la vuelta dijo:
<¿Mamá?> otro resoplido le devolvió la respuesta, se volteó sobre sus
talones para encontrarse cara a cara con su madre. –primero deberías tener una
espada –le dijo ella en un tono áspero, –Además, si tuvieras que enfrentarte a
algún buen guerrero, es posible que te escapes cómo lo haces de tus tareas –
acentuó estas últimas palabras con un grito, generando una nueva oleada de
carcajadas de sus amigos, –¿!Y ustedes de que se ríen!? –les dijo al grupo ahí
reunido, – ¿No tienen cosas más
importantes que hacer que estar de vagos aquí en la puerta? – uno de los que
ahí se encontraban, se aclaró la voz y le contestó:
–
Señora, es que no estamos de vagos, mi padre nos pidió
que hiciésemos guardia aquí en la puerta, y contar la cantidad de forasteros
que hayan entrado hasta que estas se cierren.
–
¿Cómo es eso hijo, cuéntame? Le preguntó mientras
abrazaba a Aumund con ambas manos ubicándolo por delante.
–
Mi padre nos pidió esto ya que se ha enterado por
Lindholm el posadero, que muchos árabes habían pedido albergue durante las
últimas dos semanas, mi padre cree que esto es algo sospechoso –se acercó a
ella y le habló en voz baja: él cree que pronto recibiremos un ataque de los
sarracenos –miró al resto de sus amigos buscando su aprobación, Hedeby saltó
delante de su madre gritando: ¡Yo los defenderé a cualquier precio! Soltó un
gruñido cómo si fuera un perro, la baba caía de los costados de sus labios,
queriendo parecer intimidante, parecía más bien una escena muy cómica, todos
juntos le señalaban se reían y se codeaban, todos menos Aumund, al cual la
noticia le había traído un escalofrió desde los pies hasta la cabeza.
Aquella
noche transcurrió lentamente, las nubes cerraban el cielo sin dejar pasar la
luz de la luna, las estrellas permanecían ocultas, cómo si un velo negro se
hubiera tragado el firmamento, una fina niebla cubría los techos de las casas,
las calles permanecían lúgubres y espectrales, el silencio en la ciudad era
sepulcral, solo se escuchaba el rugido del viento filtrándose por las ventanas.
Aumund temblaba en su lecho, no había logrado conciliar el sueño desde que se
había acostado, las imágenes de una hueste de sarracenos con arietes y antorchas tratando de entrar a
la ciudad lo mantenían en vilo, intranquilo, dando vueltas de un lado a otro.
Abrió los ojos y se quedó mirando el techo fabricado de madera y tepe, a un
costado aparecía una claraboya cubierta de
paja, un fino humo ascendía hasta ella mezclándose con la neblina del
exterior, el hogar alumbraba con una luz tenue la casa y el sonido crepitante
del fuego le devolvía poco a poco la tranquilidad, <todo está bien> se
dijo, mientras ponía los pies en el suelo, levantó su vista y se dio cuenta que
no era el único en la casa que se mantenía despierto, su madre estaba sentada a
la mesa, sorbiendo lentamente una taza de leche caliente, se acercó hacia ella
con cuidado para no despertar a su padre y a su hermano, la abrazó, ella le
devolvió el abrazo diciendo –¿Qué haces despierto a estas horas de la noche?
–
No puedo dormir, tengo miedo –le contestó en voz baja
–¿Qué pasará si los sarracenos entran en la ciudadela madre? –Ella le hizo seña
para que se sentase en su falda, con un suspiro le dijo: <tendremos que huir>
–Pero no te preocupes hijo mío, no creo que se aventuren hasta aquí, el
posadero y el padre de Lothlar son alborotadores, así asustan a los muchachos
para tenerlos comiendo de sus manos y poder encargarles cosas que ellos mismos
no quieren hacer. –¿tú y papá nos protegerían si algo pasara? –esa pregunta le
saco una lagrima a su madre, –sí hijo, aunque tengamos que dar nuestra vida a
cambio de la de ustedes dos, ahora, vuelve a la cama antes que te desveles,
mañana iremos a la ciudad de Danervike a visitar a tu tía Mälaren, así que tienes que estar presto al
amanecer, el viaje es arduo, y tienes que descansar. –lo levantó en sus brazos
y lo llevó nuevamente a su lecho, lo acobijó y le dijo: <Toma> y le dio
un broche labrado en plata con una figura de caballo con cola de serpiente en
el medio, –¿Qué es esto madre?
–
Este broche pertenecía a tu abuelo, él se lo obsequió
a mi madre, ella hizo lo mismo conmigo, y yo ahora te lo entrego a ti.
–
¡Gracias madre! –se quedó contemplando la figura en el
centro, ella se dio cuenta y le dijo: <llévalo contigo, te protegerá en los
momentos difíciles y te traerá suerte, cuando seas mayor, entrégaselo a la
mujer con la que quieras casarte, y ella siempre estará a tu lado, así como yo
también lo estaré hijo mío> le dio un beso en la frente y se dirigió
nuevamente a la mesa. Aumund apretaba fuertemente el broche en sus manos repitiendo
en un murmullo, <el broche me protegerá> hasta quedarse completamente
dormido.
El sonido de
un cuerno lo despertó abruptamente, su madre corría de un lado al otro de la
casa metiendo cosas dentro de una bolsa de cuero, su padre y su hermano se
estaban ataviando con pieles encima de los hombros, dos yelmos cónicos cubrían
sus cabezas, unos escudos de roble pendían de sus brazos, Hedeby tenía un azadón
de hierro en su mano derecha, mientras su padre, un hombre robusto y entrado en
años, sostenía una espada de dos filos, su madre llamó su atención, <ven
aquí> le dijo, –ten, toma esto, y le puso la bolsa con víveres en uno de sus
hombros, tienes que ir a lo de tu tía Mälaren tu solo
hijo, yo me retrasaré un tiempo y luego iré detrás de ti, pero tu estarás bien.
–¿Tienes el
broche de tu abuelo contigo? – se tocó el bolsillo que tenía en su camisa,
estaba ahí, <corre hacia la muralla del este hijo mío, no dejes que nadie te
vea, cuando salgas de la ciudad dirígete hasta el fresno y espérame oculto que
yo iré por ti> –¡No! –respondió él, –¡no me iré, ni los dejaré a ti, ni a
padre, ni a Hedeby! –¡es una orden! –dijo el padre en un tono imperante que no
daba lugar a replica alguna, salió por la puerta gritándole a Hedeby que se
apurara, él se detuvo un momento delante de su madre y la abrazó, ella le
acomodó sus ropajes con el rostro lleno de lagrimas y lo empujó para que se
retirase, él se frenó un instante delante de su hermano que se encontraba entre
dormido y atónito y le dijo: <descuida, yo pelearé por ambos, mataré uno o
dos en nombre tuyo> lo despeinó y salió corriendo y gritando por la puerta
detrás de los pasos de su padre.
Los ruidos de cuernos y el clamor de la
batalla recrudecían minuto a minuto, su madre lo tomó por el brazo, –¡Hey! Tu,
apúrate, ¡vamos! –Insistió su madre para que dejara la casa, sus ojos estaban
vidriosos, y sus manos temblaban mientras lo conducía hacia la puerta, le besó la
frente y le dio un abrazo tal largo y tan fuerte que le quitó el aire de los
pulmones, <!ve, corre!, yo iré en cuanto pueda> lo empujó hasta afuera y
le cerró la puerta en la cara sin dejarle decir palabra alguna, el se quedó
parado ahí unos instantes, sin saber qué hacer, de pronto un estruendo lo trajo
nuevamente a la realidad, comenzó a correr entre las casas, algunos techos
comenzaban a prenderse fuego por las flechas incendiarias, las mujeres iban de
un lado al otro con cantaros intentando apagar los focos en donde el fuego
hacía mella, sin detenerse, salto la cerca de una casa en donde se encontraban
algunos animales asustados en un rincón, un bulto aparecía detrás de los fardos,
se acercó para verlo más de cerca, soltó un suspiro al ver que era un hombre,
estaba sucio con barro, encima de un húmedo charco de sangre, intentó ponerlo
boca arriba, pero desistió al ver un puñal clavado en uno de sus costados, de
ahí manaba toda la sangre que se encontraba alrededor, se arrodilló a la altura
de su rostro tratando de reconocer a la persona que allí yacía, <!Es el
posadero Lindholm!> exclamó en voz alta, un ruido de pisadas se empezó a
sentir detrás suyo, se dio vuelta para ver qué o quién era el que se estaba
acercando, de repente sintió una mano pesada sobre su hombro que le aferraba
fuertemente de la camisa, intentó soltarse, pero no había caso, el hombre tenía
más fuerza que él, lo tiró al suelo al lado del Lindholm, y como un lobo tras
su presa, se abalanzó sobre él, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo
el niño, se le tiró encima para quedar inmovilizado de un segundo al otro,
Aumund había tomado la daga que se encontraba en el costado del posadero, y la
había apuntado hacia arriba justo antes que el hombre cayera encima suyo, le
había quitado la vida. Comenzó a hacer fuerza para zafar de aquel cuerpo muerto,
tardó unos segundos, el hombre rodó hasta quedar boca arriba, lo miró absorto,
<!Un sarraceno, ya están dentro de las murallas!> sin entender muy bien que había pasado, agitó
su cabeza bruscamente, fue recién ahí donde vio la daga hundida firmemente en
el vientre de aquel pagano, la tomó con
ambas manos, y prosiguió con su escape. Agitado y bañado en sangre llegó hasta
la muralla del este, ahí la batalla era escasa, ya que el muro daba a un fino
sendero que se usaban para pacer a las cabras, y luego un peñasco con varios
cientos de metros de profundidad, lo que dificultaba enormemente el ataque por
ese flanco. Trató de ubicar el pórtico por donde salían los animales, miró a un
lado, luego al otro, a lo lejos corrían algunas mujeres con trapos húmedos y
vasijas llenas de agua, pero nadie se encontraba tan cerca cómo para detenerlo,
llenó sus pulmones con aire, y corrió a toda velocidad hasta llegar a la puerta
de madera, jaló la argolla de hierro hacia adentro con todas sus fuerzas y
logró moverla unos centímetros, pasó una mano al otro lado, e intentó jalarla
nuevamente, ahora sí, el portón se abrió lo suficiente como para que él pudiese
pasar por el hueco. Una vez fuera de la ciudad, tardó un par de minutos para
orientarse, los utilizo para aclarar su mente, relajar sus músculos y llenar sus
pulmones de aire. Algunas gotas empezaron a caer desde el cielo, y apagaron un
poco los ruidos que provenían detrás de los muros, los fuegos ya se extendían
por encima de las casas hasta casi llegar a la mitad de la ciudad, la lluvia
traía algo de alivio, pero una voz en su interior le decía que ya todo estaba
perdido. Un sendero bajaba por la ladera hasta llegar al valle, comenzó el
descenso lentamente, tratando de colocar sus pies en suelo firme uno a uno, la
luz menguaba metro a metro mientras bajaba, trastabilló una o dos veces antes
de llegar al fondo. Sin saber a dónde ir, comenzó a correr estrepitosamente, movido
por el dolor y la locura, por momentos pensaba en su padre y hermano batallando
en la ciudad, y una súbita llama se le inflamaba en el corazón, sus pies se
detenían, y retrocedía unos pasos, enseguida resonaban en su mente las palabras
de su madre <dirígete hasta el fresno, yo me encontraré ahí contigo> reanudaba
la marcha con la esperanza de volver a ver a su madre. Después de dar vuelta en
un recodo, se encontró observando el terreno, este le era familiar, en su
locura corrió hacia el sur, justo a donde debía dirigirse, <el fresno está
abajo en esa loma, ya estoy cerca> se dijo. Comenzó el descenso corriendo
por la fina hierba hasta llegar al fresno, apoyó su espalda en el tronco del
árbol y comenzó a exhalar grandes bocanadas de aire, el viento traía en sus
brazos los fatuos ruidos de la batalla, se incorporó con miedo al ver un rayo
caer, por unos instantes todo se tornó luminoso, cómo si el día hubiera
decidido aparecer unos segundos. Trató de ocultarse cerca, pero no había ningún
lugar que le ofreciera cobijo ante ojos mal habidos, ni un techo que le
proveyese reparo de la torrencial lluvia, así que decidió trepar el árbol,
subió una rama, luego otra, hasta llegar arriba de todo, las hojas lo cubrían
parciamente, pero era lo mejor que podía hacer, se acomodó como pudo y espero
por su madre. Los minutos pasaron lentamente, sus ojos empezaban a cerrarse,
los parpados se volvieron pesados, y sin darse cuenta se sumió en otro sueño
profundo e intranquilo.
El ruido de cascos de caballo lo despertó
de un sobresalto, sin darse cuenta la daga se le desprendió y cayó al suelo
luego de chocar contra varias ramas, el sonido se escuchaba cada vez más cerca,
su corazón chocaba contra su pecho aceleradamente, <!calma, calma¡> el
mundo se paralizó alrededor suyo, de repente, una voz con acento desconocido
sonó debajo de la copa <!yala yala!> se tapó la boca con ambas manos para
no emitir sonido alguno, miró para abajo, un hombre corpulento de rostro
cetrino posaba su mirada en él, estaba perdido, sin embargo se negó a
descender, el hombre llamó a otros dos que se encontraban cerca, y con las
hachas preparadas, a la orden del primer hombre empezaros a talar el árbol
descargando golpe tras golpe en el mismo lugar, luego de unos minutos, el
fresno comenzó a tambalearse, sin pensarlo mucho, comenzó a bajar lentamente,
los golpes del hacha frenaron, Aumund pegó un salto y cayó al lado del puñal,
los hombres reían al ver al niño con aires desafiante blandiendo el arma de
hoja corta, se puso espaldas al árbol para que nadie lo agarre por la espalda,
moriría aquí si era necesario, pero lucharía con todas sus fuerzas haciendo
pagar cara su vida. <¡Aumund!> se escuchó el llamado de una mujer que
forcejeaba inútilmente para librarse de las cuerdas de sus manos y pies,
<¡Aumund!> replicó la mujer, el hombre que se encontraba parado en frente
del niño torció la boca mostrando una mueca de siniestro agrado ante ese
descubrimiento, mandó a uno de sus hombres que desate a la mujer y la traiga
hasta donde él estaba, la mujer se retorcía salvajemente tratando de librarse
de su captor, Aumund miró horrorizado como aquel hombre arrastraba a su madre
tomándola de los pelos, la arrojaron delante suyo, la patearon y la escupieron,
ella levantó su rostro y le llamó <¡Aumund!> antes de poder pronunciar
otra palabra, una espada curva la atravesó desde la espalda hasta su pecho,
soltó un alarido de terror, y su vida se apagó para siempre, Aumund arrojó el
puñal y corrió hasta el cuerpo sin vida de su madre, llorando y gimiendo,
golpeaba a su madre en el pecho, entre sus lamentos se escucho decir con voz
apagada <¡Lo prometiste, lo prometiste!>.