CONFLICTOS
Si hay una
palabra que lo puede resumir casi todo en la vida es una de las que más nos
genera pavor, CONFLICTO.
El conflicto aparece
en nosotros los seres humanos, desde la carrera que hicimos cada uno de
nosotros desde los huevitos, hasta llegar al ovulo, aunque suene ridículo,
millones de otros espermatozoides salidos de “justo ahí” del progenitor,
pelearon, entraron en conflicto conmigo, pero incluso, aún siendo inconciente, yo soy el
único de esa camada que logro tener la habilidad de permanecer vivo.
Pero no quiero
perder el tema ni el hilo de lo que estoy hilvanando (dejemos de hablar de huevitos y viajes raros), acá el conflicto es el
conflicto. ¿Por qué si no, tantas veces huimos de él? ¿Por qué si no, en tantas
oportunidades decidimos resolverlos? El conflicto nace con el tiempo, y como
tal lo acompaña de la mano en todo lo que el tiempo hace, porque cuando se
resuelve, se genera otro, y así sucesivamente. Constante, presente, latente y
activo, de este no se escapa definitivamente, si no que muta, se transforma
para dar paso, así como pasa con el tiempo. Volutivo, esporádico,
circunstancial, destinado, perpetuo, asignado por otros, o por otras cosas, en
debate continuo, consiente o inconsciente, entre cuerpos pensantes, entre
cuerpos instintivos, entre cuerpos inertes y en todas sus mixturas.
Conflictos en la
mañana, resueltos al mirar el cielo, al mirar el espejo, conflictos con el otro
por no poder entenderlo, conflictos con uno mismo por no saber conocernos,
conflictos con el ambiente, por no saber adaptarnos, conflictos con la historia
por no haberla vivido, conflictos que conflictos.
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