martes, 23 de enero de 2018

La túnica blanca

Un grito lo trajo de un tirón desde el fondo de sus pensamientos, sus músculos temblaban al igual que sus manos, se miró de arriba abajo buscando una oculta razón para calmarse, las sandalias le ajustaban los pies lastimados por el roce y el calor, las tiras de cuero pardo laceraban la piel de sus piernas a la altura de las pantorrillas, se agachó para acomodar su calzado tratando de desembarazarse de esa incómoda situación, las gotas de sudor recorrían su agrietado rostro cayendo una a una al polvoriento suelo, las observó mientras los rayos del sol desvanecían el rastro húmedo generando unos pequeños surcos a su alrededor, arqueó sus cejas, gesticuló en su boca un signo de resignación. A su alrededor, los gritos y los llantos se sucedían unos a otros estrepitosamente, los sollozos de las mujeres y niños  cantaban a coro una triste canción de lamento, mientras tanto, las injurias y burlas rivalizaban con la algarabía desafiante del acto patético y detestable. Confusión, confusión, y más confusión, el monte estaba repleto de ella este mediodía. El hombre tomo con la mano derecha el pomo de su espada, esta permanecía envainada en su funda labrada en fina plata, su intención no era sacarla de su cómodo refugio, sino más bien aferrarse a algo conocido y cercano. El acero de su armadura quemaba su torso, poco efecto tenía la capa de terciopelo color carmesí para amainar este suplicio, sus años de adiestramiento lo habían preparado para situaciones como estas, y no era la primera vez que presidía este tipo de actos, pero algo distinto ocurría en esta ocasión, todo lo que en otrora hubiera disfrutado le era molesto ahora, se sentía absorto y furioso ante tal espectáculo, pero su deber estaba primero, intentó serenarse, llenó sus pulmones de ese espeso aire que les había acompañado toda la mañana, tomó  su yelmo de cimera alta como ambas manos, y se dispuso a caminar hacia la ladera oeste del monte en el que se encontraba, ahí el tumulto era menor, el griterío era un sonido sórdido y lejano, pesadas vigas de madera vacilaban desordenadas en el piso o apoyadas en una roca, pasó entre ellas cavilando en la escena que había dejado atrás, volteó nuevamente, recorrió aquel cuadro con su mirada, tragó saliva, o al menos eso fue lo que intentó, continuó caminando unos paso más hasta llegar a un encino bajo y de ramas secas que se encontraba al costado de una piedra redondeada en sus costados, sin embargo, la superficie de esta roca era plana como si algún artífice se hubiera tomado el trabajo de moldearla y acomodarla cómo si fuera una mesa, apoyado en el tronco del encino se encontraba un cántaro con agua, observó la superficie cristalina, se observó mirándose el rostro, sus ojos estaban tristes, su semblante estaba demudado, metió las manos dentro de la vasija, tomó un poco de agua, y se refrescó la nuca con ella, era un bálsamo que no había probado en todo ese día, escuchó pasos detrás suyo, volteo sobre sus hombros y vio a dos de sus subordinados apoyando unos clavos grandes junto a una martillo de albañil encima de la roca, estaban discutiendo por algo que uno tenía en la mano, mientras tanto, él se sentaba en el suelo bajo el encino, divisó entonces que era lo que los tenía tan rabiosos, una túnica blanca, hecha de una sola pieza, estaba hecha girones en algunas puntas, y manchas de sangre salpicaban la totalidad de la prenda, se encontró pensando en aquel que la había usado anteriormente, recordaba nítidamente haberlo visto aquella mañana primaveral tiempo atrás, no en la ciudad de la que habían salido ese mismo día, sino más al norte, en un pueblo pequeño, aquella vez le llamó la atención ver jugar a un adulto con un niño pequeño, y se acercó hasta donde ellos estaban, se acomodó cómo un espectador en una esquina cercana, pero oculto para que no lo vieran, sin darse cuenta soltó una risa al escuchar una broma que hacía el hombre mientras estaba en el piso, el sonido de su carcajada atrajo la mirada de los que ahí jugaban, el niño salió corriendo en sentido contrario al que él se encontraba, pero el hombre se quedó ahí, en el piso, mirando, escudriñando, sus ojos grises eran profundos y llenos de bondad, se levantó y se dirigió hasta él con un paso delicado pero rítmico, su mano se dirigió instintivamente hacia su espada, pero el hombre le hizo un seña que eso no era necesario, le sonrió, tocó la hombrera de su armadura, y se condujo ciudad abajo, parado como estaba el soldado, recordó seguirlo con su mirada, perdido en aquella túnica blanca, volvió sus pensamientos a esa mañana, aquel hombre que había visto jugando tiempo atrás, se encontraba en la ciudad, desfigurado, sangraba por varias heridas provocadas recientemente, le reconoció por la túnica que ahora se disputaban en esa mesa, había intentado sostener la mirada en su rostro pero no pudo, esos ojos grises habían perdido su color, pero mantenían la misma profundidad sin importar el lugar en donde se posaran, se sentía sucio y asqueado al tener que llevarle cómo un reo entre tanta gente, incluso tuvo que aguantar dos o tres veces las ganas de vomitar, en cuanto hubieron salido de la ciudad, trato de guardar distancia adelantándose unos pasos, tomar aire y ahogar sus lagrimas antes que le viera alguien, otro grito le volvió a traer a la realidad, se percató entonces que uno de los dos soldados que habían estado jugando por la túnica había resultado el ganador, la prenda permanecía en un costado de la improvisada mesa, cerca, se encontraban unas piedras marcadas con runas, el ropaje tenía nuevo dueño. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se había sentado bajo el encino?, ¿Cuánto tiempo estuvieron jugando los soldados por la prenda de color blanco?, cuánto tiempo esperando impaciente el final de su servicio, repentinamente el cielo se tornó negro, las nubes no asomaban, así que le resultó extraño, la tierra comenzó a temblar bajo sus pies, se levantó súbitamente y corrió, corrió con desesperación hacía la multitud, se abrió paso empujando y dando órdenes, tratando de llegar a su objetivo, la gente comenzó a apartarse, daban saltos ladera abajo, gemían entre sollozos pidiendo socorro con sus manos y brazos en alto, solo algunos se quedaron a ver la escena, el silencio y la duda se pusieron delante de todos, les miraban y reían por lo bajo, los demás permanecían quietos como estatuas, hechizados por los conjuros de estos dos personajes, contemplaban con ojos vidriosos a aquel hombre despojado y clavado en un madero, el fuego de la esperanza se apagó, como se apagaba también su vida. Pasmado y nuevamente aferrado al pomo de su espada, observaba atónito lo que había sucedido, se acercó a dos personas desconsoladas que lloraban en silencio delante suyo, una mujer y un joven muchacho, tomó coraje, aquel del que tanto había hecho alarde en numerosas ocasiones, y como hubiesen hecho con él tiempo atrás, apoyó sus dos manos en los hombros de ambos dos, instantáneamente ellos levantaron sus cabezas y fijaron sus ojos en los de él, le arrojaron una mirada suplicante, pero sin miedo, les dirigió unas palabras, las dijo en un tono bajo pero con sincera veracidad, el fuego se encendió nuevamente en sus corazones, aunque era débil y su luz todavía no se notaba, el soldado dio media vuelta sobre sus talones, su rostro volvía a estar tranquilo, se había librado de una carga, y cuando el libro parecía llegar a su fin, la vuelta de página trajo un nuevo comienzo.

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