Sábado
23 de febrero del 2008
Son las tres de
la tarde, volví hace una hora de la casa de Vero. Ayer, cuando terminamos de
guardar las cosas de su puesto en la plaza, (porque lo mío es poner todo en la
mochila y listo) fuimos a tomar algo al bar que está al frente, como aquella
primera vez, pero no nos quedamos mucho tiempo en esta oportunidad. Los besos y
las caricias no se hicieron esperar, incluso las miradas habían cambiado, de
ser picaras y un tanto burlonas, pasaron a ser más lascivas y lujuriosas. Así
que pagamos, (dejamos la plata justa encima de la mesa), nos levantamos, y a un
paso digno de un corredor olímpico, nos marchamos, aunque en nuestro caso, debo
decir, que parecíamos corredores con vallas, cada rincón oscuro nos
proporcionaba un obstáculo, un placentero y tentador obstáculo, sentí latir mi
corazón más fuerte y rápido que nunca, pero no quería dar la alerta de mi
excitación ya que me parecía un poco vergonzoso, pero al verle el rostro a
Vero, me di cuenta que a ella le estaba sucediendo la misma cosa. Algo de
temblor en las extremidades, mejillas enrojecidas, labios húmedos e hinchados,
evidentemente el flujo de sangre se había intensificado, tanto en ella como en
mi propia persona.
Me tomo un tiempo recobrar la compostura, y mucho menos volverla a
perder. Sus caricias estremecieron todo mi cuerpo, mi pecho estallaba con cada
latido de mi corazón. Ver sus delicados movimientos mientras se sacaba la ropa,
fue un espectáculo único en mi vida, se había ganado toda mi atención. Yo por
otro lado, no pude mostrar la misma gracilidad, sin embargo se entendía como
parte del momento, y no desentonaba.
Nos fundimos en un largo y apasionado beso, nuestros cuerpos desnudos
rozándose, nuestras miradas cruzándose furtivamente, nuestro deseo abarcándolo
todo, no solo nuestros cuerpos, la noche, la luz, el ambiente, todo era
perfecto. Una velada mágica, con un final soñado. Creo que nos estamos
enamorando. Se siente increíble.
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