Martes 26 de Febrero del 2008
Don Jorge es mi vecino, un hombre entrado
en años unos setenta diría yo, su pelo canoso, revuelto y enmarañado, se asoma por
debajo de su boina agrisada, unas bombachas gauchescas de color negro, o que en
otros tiempos lo fue, gastadas por el uso, unas alpargatas de yute color verde
musgo decoradas con una guarda pampa negra y roja, y una camisa a cuadros
blanca y celeste con manchas de sudor y vaya uno a saber qué otras cosas, así
lo vi por primera vez, y así lo sigo viendo desde entonces en cada ocasión que
me lo cruzo. Siempre con una sonrisa, y su ahora cotidiana invitación a
degustar unos amargos en el jardín. – ¡Hay tortas fritas!- me gritó mientras
agitaba una mano en el cielo.
Agarré
unos bizcochitos que tenía guardados para un momento especial, (y con especial
me refiero a usarlo cuando no tengo ganas de cocinar), crucé el alambrado que
separan las dos propiedades, y caminé hasta el rústico banco de madera.
-¡Buenas
tardes don Jorge!, ¿Cómo dice que le va?- Le pregunté mientras me acomodaba en
mi asiento.
-
Acá andamos pibe- Me contestó con la mirada perdida en el espacio y tiempo.
Me
convidó un mate amargo y caliente que acepté inclinando mi cabeza en son de gracias.
Señaló sobre el tronco cortado de lo que pudo haber sido un gran árbol, la bandeja con las
tortas fritas bien calentitas, tomé una con ansias, a lo que el asintió con una
sonrisa.
Sin mediar palabra, todavía mirando a lo
lejos, con ojos tristes, como recordando una charla pendiente de hace mucho
tiempo atrás comenzó a contarme…
-
Cuando era pibe, así de tu edad,
todo esto era campo, en invierno se ponía gris el piso, por la escarcha, ¿Temprano?- se
interrumpió preguntándome para ver si lo seguía- asentí con mi cabeza, y el
volvió a perderse en sus recuerdos.- Me acuerdo una nevada muy fuerte por estos
lados, todo estaba congelado, raro, blanco se veía, hasta los árboles, el
viento soplaba que ¡mamita querida!. Era más lindo el color blanco, menos triste
que el gris, pero me agarró desprevenido ¿viste?- me dijo al tiempo que
chasqueaba los dedos y me guiñaba el ojo.- salí a buscar leña para echarle a la
salamandra[1],
y allá,- me señaló la casa de mi hermano, no había más que un monte[2],
y empecé a ver luces, fuego que salía del medio, no le presté atención, no al
menos hasta darme cuenta que la leña no estaba donde la había dejado. En ese
momento pensé en las luces y dije ¡puta, me robaron estos guachos! Volví a la
casa, agarré la escopeta, y me fui corriendo al monte, a ver si los agarraba. –
para darles un susto, mencionó aguzando la voz- cuando me fui acercando escuché
murmullos, como si alguien estuviese cantando despacito- comenzó a hacer una
melodía con la boca, sin decir ninguna palabra, y ahora me miraba, como
esperando que yo sepa la letra. -Parece una canción de iglesia le dije.- terminó
de tararear con un gesto de resignación, y volvió a aquella mirada perdida. –
me fui acercando de a poco a donde estaba la luz, no veía a nadie, pero seguía
escuchando la música, y de repente me tropecé con una raíz que salía de la
tierra, me caí, y cuando me levanté… nada, no había más luz, no se escuchaban
más voces, solo el viento. Caminé un poco más y ahí estaba la leña toda
consumida, cenizas nomás, ya frías, ni humo había, y eso no era todo- Me dijo
sin perder la mirada en el pasado.- los árboles, todos chamuscados estaban,
negros, ¿como si hubiesen estado en un incendio? ¿y después hubiesen quedado
sumergidos bajo un rio por años? Negros y podridos, así estaban, yo no lo podía
creer- exclamó agitando el mate en su mano, lo suficiente como para derramarse
un poco de agua caliente, verde, en sus pantalones ya sucios. Volví cagando
para la casa, con un ¡Jupele[3]!-
se reía mientras se limpiaba con la mano. Al otro día lo llevé a mi hermano
para que viera, no me creía.- y se volvió serio y ceñudo.- No sé qué vio el
gringo ese día- se me adelantó, y yo me quedé atrás. – ¡cagado en las patas
estaba, pibe!- me dijo como queriéndose excusar. – Cuando regresó estaba pálido
el gringo, más pálido que de costumbre.- Escupió. – salió de entre los árboles,
se fue para la casa, se metió en su habitación, en la cama, así vestido como
estaba, cuando llegué, lo encontré acostado, mirando el techo y susurrando la
melodía. Le pregunté si estaba bien, no me contestó, de hecho lo único que
hacía era repetir la melodía una y otra vez. – ¿Sabes lo difícil que era traer
al médico a tu casa en esa época? ¿y con la nevada? ¡Puuh’ta che! – Exclamó
algo hastiado. Hasta el otro día no vino el doctor. Cuando lo vio dijo que no
se podía hacer nada. - ¿Hacer nada de qué?- le pregunté al viejo. – El me miró
con cara de no entender mi pregunta, y me dijo, tu hermano, tiene un cáncer muy
avanzado, ya no podemos hacer nada para frenarlo. El tema es que mi hermano se
encontraba bien, ¡ningún cáncer ni que ocho cuartos! – El gringo se fue esa
noche, lo velamos al otro día, cuando terminó el velatorio, ni me cambié, fui
directo a buscar el tractor, a la mañana siguiente había arrancado casi todos
los árboles, terminé que no me podía sostener, pero con una tranquilidad ¡que
ni te cuento pibe! – Tu hermano empezó a construir ahí en diciembre del 2006, -
me señaló con la cabeza en dirección a la casa, - cuando llegó julio el año
pasado, tuvimos una nevada muy fuerte, como no había visto en años, el Raúl
estaba trabajando en el terreno, así que calenté el agua para el mate, preparé
unas tortas fritas, y le fui a hacer compañía. Cuando estaba saliendo, vi que
había una luz rara adentro de la casa, - pensé que estaba soldando algún
fierro, ¿viste? – me preguntó, buscando que su lógica tenga sentido en mis
ojos. – cuando llegué al alambrado le pegué el grito, y pensé que me había
escuchado porque la luz se apagó, y de repente lo veo a tu hermano que sale
disparando con el nene en los brazos, ¡pobre criatura que lo parió! – El siguió
hablando, pero ya no podía seguir pensando en otra cosa. ¿Un nene? ¿Mi sobrino?
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