viernes, 19 de enero de 2018

Deudas pagas

Deudas pagas

Las casas hacían sombras sobre la plaza, dejando que algunos destellos de luz se filtraran entre los espacios de las estructuras, el efecto del sol todavía no se evidenciaba,  el frio de la mañana seguía presente y luchaba ferozmente minuto a minuto para no ser desterrado de este mundo. El majestuoso templo, reposaba en frente de la plaza, como era costumbre en la época, sus altas puertas de cedro labrado estaban abiertas dejando ver algunas telas de color purpura flotando de una lado al otro  cómo si una mano invisible las agitara uniformemente, un sonido solemne se escuchaba por lo bajo, las oraciones matutinas eran recitadas por los que estaban reunidos adentro. Drásticamente hubo un cambio en la atmosfera, las voces se apagaron, afuera se oyeron los fatuos ruidos de una multitud revoltosa, como si se tratara de un enjambre de abejas que salen de un panal que fue atacado, se podían oír las injurias sucediéndose una tras otra, los brazos se extendían al cielo, algunos puños permanecían cerrados con tanta fuerza que los nudillos habían tomado un color pálido, otros amenazaban con grandes piedras. mientras se iban acercando se podía ver la sed de sangre fluyendo de sus ojos, las venas de sus cuellos estaban inflamadas al igual que sus espíritus, el canto de sus respiraciones era similar a un acantilado en el cual rompen las olas del furioso mar en un día de tempestad, e igual de incontrolable era el temperamento de estos agitados personajes. Atónitos permanecían los que estaban dentro, se quedaron sentados y con sus ojos cerrados, solo uno se acercó a la puerta, permaneció inmutable ante tal espectáculo, se encontraba de pie apoyado en el marco, su  túnica blanca cubierta por un manto celeste flotaban hacia su izquierda ante la brisa matutina, a diferencia del resto de la turba que se aproximaba, sus ojos no estaban inyectados en sangre, sino más bien se encontraban fijos mostrando cierto aire de temple ante lo que estaba viendo, las muecas en su rostro eran las de quien ve la lluvia venir y sabe que no llega a tiempo a ponerse bajo el resguardo de un techo, esperando inevitablemente resultar empapado, sin embargo no era la resignación ni la curiosidad lo que le dominaban, sino más bien era la docilidad de quien sabe la respuesta a la pregunta que todavía no se le hizo. La turba empezaba a cruzar el pozo que se encontraba en el medio de la plaza, mientras el varón de túnica blanca, se había puesto en camino tranquilamente esquivando los cantaros hasta llegar a la pequeña estructura , se reclinó un poco para ver dentro, el abismo era negro como la noche dentro de un bosque espeso, sintió la humedad que emanaba desde el fondo llenando de ella sus pulmones, se apoyó con ambas manos en la rustica piedra mientras levantaba la cabeza ante el llamado de uno de los alborotadores que se había acercado, se reclinó de espalda en una de sus paredes y se deslizó hacia abajo hasta quedar de cuclillas, sus cabellos cubrían los costados de su rostro mientras fijaba la mirada en una hilera de hormigas que transitaban ordenadamente por un sendero que ellas habían construido, por un momento les sonrió y se imaginó jugando con ellas, otra vez el llamado increpante del alborotador lo sustrajo de sus pensamientos, sus ojos hicieron un recorrido sobre la escena, ya todos estaban en sus puestos, se escuchaban las respiraciones agitadas de quienes hasta hace un momento habían estado gritando y maldiciendo, sus manos seguían esgrimiendo las rocas que habían traído, todas las miradas estaban fijas en el varón de túnica blanca, le escudriñaban el rostro esperando su consentimiento para así acometer su ajusticiamiento, no hicieron falta muchas palabras para saber qué es lo que había pasado, ya que desde el medio de la multitud fue arrojada hasta delante una mujer de corta estatura, su pelo estaba todo revuelto y enmarañado, tenía un ojo cerrado y amoreteado, un hilo de sangre y polvo recorría su cara desde la nariz pasando por la comisura del labio perdiéndose en el mentón, su cuello se encontraba rojo de la irritación, varias marcas de uñas le habían perforado la piel, y no pocos eran sus rasguños y raspones, su cuerpo temblaba por el miedo y el dolor, su espalda lastimada se encorvaba, sus mancillados brazos tomaban fuertemente su nuca en el inútil intento de esconderse de sus agresores, sus rodillas se contrajeron hasta chocar con su agitado pecho, estaba en posición fetal, desprotegida, abandonada, expuesta frente a todos los que la rodeaban, ya no quedaba un ápice de dignidad en su ser, todo le fue quitado, su vida había sido echada a la suerte. De pronto sintió que alguien le rozaba un hombro, se contrajo aún más esperando un fuerte golpe, pero este nunca vino, movió su cabeza hacia su izquierda, con su ojo sano vio una silueta borrosa, un hombre vestido con una túnica blanca, tapado con un manto color celeste, estaba ahí, cerca, muy cerca, de cuclillas, escribiendo con uno de sus dedos en el suelo algo ilegible y lejano a toda esa situación, se sintió observada por él, y le pareció vislumbrar un dejo de piedad, su respiración tendía a calmarse pero sus temblores no cedían, de repente, una voz gutural gritó algo al resto de la multitud, algo de su saliva cayó sobre ella, le contestaron al unisonó con sonidos inteligibles, la mujer ocultó su rostro nuevamente, el frio silencio se abrió paso entre la multitud, mientras la incomodidad tomaba su lugar trepando en un árbol cercano, el tiempo se había detenido, la briza matinal desapareció, el ruido tocaba notas mudas e impacientes, el hombre de túnica blanca quebró con su profunda voz el conjuro que se había perpetrado, fueron pocas sus palabras, ella no las escuchó, el murmullo no tardó en aparecer, el silencio y la incomodidad se miraron con una sonrisa cómplice y se dispusieron a salir, fueron seguidas por las filas de los agitadores, uno a uno dejaron caer sus piedras, escupían al piso mientras agachaban sus cabezas y pateaban con furia la tierra bajo sus pies, al poco tiempo la plaza quedó desierta, los pájaros comenzaron a cantar sus melodiosas canciones, la briza tomó nuevamente el camino que había abandonado un poco antes, el sol comenzó a hacerse sentir, la mujer levanto nuevamente la cabeza, contempló el nuevo escenario, no entendió si estaba despierta o solo dormía un sueño interminable, de pronto lo vio, el hombre de túnica blanca seguía ahí, apoyado con su espalda en el pozo, con su dedo escribiendo en la tierra, escucho su voz, una pregunta la tomó desprevenida, desorientada, contestó con asombro e incertidumbre, el varón de túnica blanca se puso en pie sin mirarla, caminó unos pasos en pos del templo del cual había salido, se giró sobre sus talones, bajó sus hombros mientras le habló nuevamente, un sonido dulce tomó la forma de una frase saliendo de su boca, sus palabras se atesoraron en el corazón de la mujer para siempre.

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