Deudas pagas
Las casas
hacían sombras sobre la plaza, dejando que algunos destellos de luz se
filtraran entre los espacios de las estructuras, el efecto del sol todavía no
se evidenciaba, el frio de la mañana
seguía presente y luchaba ferozmente minuto a minuto para no ser desterrado de
este mundo. El majestuoso templo, reposaba en frente de la plaza, como era
costumbre en la época, sus altas puertas de cedro labrado estaban abiertas
dejando ver algunas telas de color purpura flotando de una lado al otro cómo si una mano invisible las agitara
uniformemente, un sonido solemne se escuchaba por lo bajo, las oraciones
matutinas eran recitadas por los que estaban reunidos adentro. Drásticamente
hubo un cambio en la atmosfera, las voces se apagaron, afuera se oyeron los
fatuos ruidos de una multitud revoltosa, como si se tratara de un enjambre de
abejas que salen de un panal que fue atacado, se podían oír las injurias
sucediéndose una tras otra, los brazos se extendían al cielo, algunos puños
permanecían cerrados con tanta fuerza que los nudillos habían tomado un color
pálido, otros amenazaban con grandes piedras. mientras se iban acercando se
podía ver la sed de sangre fluyendo de sus ojos, las venas de sus cuellos
estaban inflamadas al igual que sus espíritus, el canto de sus respiraciones
era similar a un acantilado en el cual rompen las olas del furioso mar en un
día de tempestad, e igual de incontrolable era el temperamento de estos
agitados personajes. Atónitos permanecían los que estaban dentro, se quedaron sentados
y con sus ojos cerrados, solo uno se acercó a la puerta, permaneció inmutable
ante tal espectáculo, se encontraba de pie apoyado en el marco, su túnica blanca cubierta por un manto celeste
flotaban hacia su izquierda ante la brisa matutina, a diferencia del resto de
la turba que se aproximaba, sus ojos no estaban inyectados en sangre, sino más
bien se encontraban fijos mostrando cierto aire de temple ante lo que estaba
viendo, las muecas en su rostro eran las de quien ve la lluvia venir y sabe que
no llega a tiempo a ponerse bajo el resguardo de un techo, esperando
inevitablemente resultar empapado, sin embargo no era la resignación ni la
curiosidad lo que le dominaban, sino más bien era la docilidad de quien sabe la
respuesta a la pregunta que todavía no se le hizo. La turba empezaba a cruzar
el pozo que se encontraba en el medio de la plaza, mientras el varón de túnica
blanca, se había puesto en camino tranquilamente esquivando los cantaros hasta
llegar a la pequeña estructura , se reclinó un poco para ver dentro, el abismo
era negro como la noche dentro de un bosque espeso, sintió la humedad que
emanaba desde el fondo llenando de ella sus pulmones, se apoyó con ambas manos
en la rustica piedra mientras levantaba la cabeza ante el llamado de uno de los
alborotadores que se había acercado, se reclinó de espalda en una de sus
paredes y se deslizó hacia abajo hasta quedar de cuclillas, sus cabellos
cubrían los costados de su rostro mientras fijaba la mirada en una hilera de
hormigas que transitaban ordenadamente por un sendero que ellas habían
construido, por un momento les sonrió y se imaginó jugando con ellas, otra vez
el llamado increpante del alborotador lo sustrajo de sus pensamientos, sus ojos
hicieron un recorrido sobre la escena, ya todos estaban en sus puestos, se
escuchaban las respiraciones agitadas de quienes hasta hace un momento habían
estado gritando y maldiciendo, sus manos seguían esgrimiendo las rocas que
habían traído, todas las miradas estaban fijas en el varón de túnica blanca, le
escudriñaban el rostro esperando su consentimiento para así acometer su
ajusticiamiento, no hicieron falta muchas palabras para saber qué es lo que
había pasado, ya que desde el medio de la multitud fue arrojada hasta delante
una mujer de corta estatura, su pelo estaba todo revuelto y enmarañado, tenía
un ojo cerrado y amoreteado, un hilo de sangre y polvo recorría su cara desde
la nariz pasando por la comisura del labio perdiéndose en el mentón, su cuello
se encontraba rojo de la irritación, varias marcas de uñas le habían perforado
la piel, y no pocos eran sus rasguños y raspones, su cuerpo temblaba por el
miedo y el dolor, su espalda lastimada se encorvaba, sus mancillados brazos
tomaban fuertemente su nuca en el inútil intento de esconderse de sus agresores,
sus rodillas se contrajeron hasta chocar con su agitado pecho, estaba en
posición fetal, desprotegida, abandonada, expuesta frente a todos los que la
rodeaban, ya no quedaba un ápice de dignidad en su ser, todo le fue quitado, su
vida había sido echada a la suerte. De pronto sintió que alguien le rozaba un
hombro, se contrajo aún más esperando un fuerte golpe, pero este nunca vino,
movió su cabeza hacia su izquierda, con su ojo sano vio una silueta borrosa, un
hombre vestido con una túnica blanca, tapado con un manto color celeste, estaba
ahí, cerca, muy cerca, de cuclillas, escribiendo con uno de sus dedos en el suelo
algo ilegible y lejano a toda esa situación, se sintió observada por él, y le
pareció vislumbrar un dejo de piedad, su respiración tendía a calmarse pero sus
temblores no cedían, de repente, una voz gutural gritó algo al resto de la
multitud, algo de su saliva cayó sobre ella, le contestaron al unisonó con
sonidos inteligibles, la mujer ocultó su rostro nuevamente, el frio silencio se
abrió paso entre la multitud, mientras la incomodidad tomaba su lugar trepando
en un árbol cercano, el tiempo se había detenido, la briza matinal desapareció,
el ruido tocaba notas mudas e impacientes, el hombre de túnica blanca quebró
con su profunda voz el conjuro que se había perpetrado, fueron pocas sus
palabras, ella no las escuchó, el murmullo no tardó en aparecer, el silencio y
la incomodidad se miraron con una sonrisa cómplice y se dispusieron a salir,
fueron seguidas por las filas de los agitadores, uno a uno dejaron caer sus
piedras, escupían al piso mientras agachaban sus cabezas y pateaban con furia
la tierra bajo sus pies, al poco tiempo la plaza quedó desierta, los pájaros
comenzaron a cantar sus melodiosas canciones, la briza tomó nuevamente el camino
que había abandonado un poco antes, el sol comenzó a hacerse sentir, la mujer
levanto nuevamente la cabeza, contempló el nuevo escenario, no entendió si
estaba despierta o solo dormía un sueño interminable, de pronto lo vio, el
hombre de túnica blanca seguía ahí, apoyado con su espalda en el pozo, con su
dedo escribiendo en la tierra, escucho su voz, una pregunta la tomó
desprevenida, desorientada, contestó con asombro e incertidumbre, el varón de
túnica blanca se puso en pie sin mirarla, caminó unos pasos en pos del templo
del cual había salido, se giró sobre sus talones, bajó sus hombros mientras le
habló nuevamente, un sonido dulce tomó la forma de una frase saliendo de su
boca, sus palabras se atesoraron en el corazón de la mujer para siempre.
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