miércoles, 20 de diciembre de 2017

La Tranquera - CAPITULO 7

Domingo 17 de febrero del 2008
     Busqué toda la mañana la foto, le pregunté a Raúl si la había visto, no sabía nada, en su rostro observe que no había mentira, le pregunté a su esposa, su cara era de sorpresa, me ayudó en la búsqueda, revolvió toda la casa, se notaba lo preocupada que estaba, así que la descarté como sospechosa, además, ¿Para que querría justo esa foto? Quizás la perdí en otro lugar, o se me cayó, me pone muy triste que haya desaparecido, y me da mucha bronca no encontrarla.
     También me pasaron cosas muy lindas este fin de semana, pero con el asunto de la foto no pude escribirlas antes. El jueves a la noche estaba en la plaza vendiendo mis artesanías, de pronto siento que alguien se detiene a mirarme, no levanté la vista pero sentí que sus ojos se clavaban en mi, atiné a levantar la cabeza lentamente, pensé que se trababa de algún cliente disconforme, pero al observar sus pies me relajé un poco, eran piernas femeninas lo que veía, si bien las mujeres pueden hacer más escándalo que los hombres, sabía al menos que no iba a recibir una golpiza. Seguí el recorrido hacia arriba hasta encontrarme con su rostro, debo reconocer que en el trayecto me detuve en ciertas partes más de lo conveniente, y debe haberse dado cuenta, ya que esbozaba una sonrisa picara, y una expresión sarcástica de falsa estupefacción, lo que generó que se me suba el calor a la cara, si hubiese tenido un espejo a mano, mi reflejo hubiese sido de un rojo intenso.
-          Verónica- dijo extendiéndome la mano.
-          Tomás, encantado- le respondí, todavía con la cara roja.
-          Se te nota- alcanzó a decir mientras sacaba un papel y un lápiz de su cartera.
-          Tomás?- me preguntó como si no se acordara, al mismo tiempo que escribía algo que no llegaba a ver desde mi posición. Esperé a que sus ojos se posaran nuevamente en mí, y asentí con mi cabeza lentamente. Debo reconocer que en ese momento no entendía que estaba pasando.
     De repente el lápiz dejó de moverse, lo golpeó dos veces contra el borde de la hoja, dudó como por dos o tres segundos mientras perforaba el interior de mi ser con su mirada, me entregó el papel, no se si fue a propósito, o la torpeza de mis movimientos, pero dos de sus dedos rozaron el contorno de mi mano, el resultado, rubor permanente. Se dio media vuelta y se marchó, la observe durante algunos segundos hasta que me percaté de una cosa, la gente a mi alrededor tenía los ojos fijos en mi, agaché la cabeza, guardé el papel en el bolsillo, y seguí trabajando. No pude dejar de pensar en aquella situación durante los largos minutos de esa noche, me comportaba de manera distraída, estaba un poco desatento con los clientes, disperso, intentando contener la ansiedad, quería meter la mano en mi pantalón, sacar la anotación y leerla ahí mismo, pero al mismo tiempo no quería lucir desesperado, así que esperé todo lo que pude resistir, de un momento a otro tomé mis cosas y procuré guardarlas, entré en un estado de torpeza y desorden, no es un estilo muy mío, pero no aguantaba más las ganas. Una vez hube terminado de empacar los adornos y las herramientas me fui, al ir caminando me di cuenta que la plaza estaba en su mejor momento, la gente se había agolpado aquí y allá, dude por un momento de mi retirada, hasta que de pronto sentí un chistido.
-          Ey!- escuché a mis espaldas.
Giré sobre mis pies, y ahí estaba ella nuevamente, con su picara sonrisa dibujada en el rostro.
-          ¿Se puede saber a donde se va el señorito a esta hora?- me increpó con el ceño fruncido, sus brazos en posición de jarra, sus dedos repiqueteando en su cintura, el pie izquierdo golpeaba el suelo impacientemente, su postura me hizo acordar a mi madre cuando estaba a punto de regañarme, sin embargo, y para mi consternación, soltó una carcajada, fue como si de repente abrieran la compuertas de una represa y todo un río se precipitara abruptamente por la tensión acumulada. Relajé un poco mis hombros y respondí en forma de pregunta.
-          ¿A mi casa?, en realidad a la casa de mi hermano- respondí entrecerrando los ojos en búsqueda de su aprobación.
-          ¿Pero tan temprano? ¿acaso no leyó todavía lo que le escribí? Preguntó sin sorpresa, ya sabía la respuesta.
-          No tuve tiempo- mentí- Y estoy un poco cansado- volví a mentir.
-          ¿Podrías leerla ahora? No vaya a ser que lo hagas tarde y después te arrepientas- me dijo con voz aniñada y burlona.
     Saqué el papel del bolsillo, con más torpeza de lo habitual, y leí para mis adentros.
-          Sí,- contesté sin miramientos.
-          ¡Genial! ¿Me esperarías a que cierre el puesto? Tardaré una hora más o menos, podrías esperarme en el bar que está en la esquina.- me dijo señalando un barcito lleno de jóvenes puntanos.
Asentí con la cabeza, nuevamente las palabras se atoraron en mi garganta. Sin un hasta luego, producto del desconcierto y la vergüenza, caminé en dirección al bar, parecía flotar con cada paso que daba, como si saltara de una nube a otra, mis manos sudaban gracias a los nervios, pero me reconocía contento más allá de lo raro de la situación.
Procuré una de las pocas mesas que se encontraban libres en la parte de afuera, me prendí un cigarrillo, y esperé a que me atendieran, me trajeron una cerveza estúpidamente helada, la cual bebí a grandes sorbos, mis dedos secaban las gotas de la transpirada botella, al tiempo que mis pies repiqueteaban en el suelo, aguardaba el momento a que Verónica apareciese con muchas ansias. Los minutos pasaron lentamente, la bebida empezaba a escasear en el vaso, y a sobrar en mi sistema, poco a poco fui ganando la sensación de mareo, sí, aquella que se sufre cuando uno tiene copas de más, nadie alrededor parecía notarlo, la lógica me decía que ellos estaban igual o en peor estado que el mío. De repente, y sin darme cuenta, alguien corrió la silla que tenía al frente, y ahí estaba ella, esbozando su reluciente sonrisa. Nuevamente se detuvo unos segundos para examinarme con su mirada, como si estuviese buscando alguna cosa extraviada detrás de mis ojos, parpadeó, y como si fuésemos amigos de toda la vida soltó un ocurrente comentario.
-          ¿Cómo que estuvimos bebiendo, no? Al tiempo que sostenía la botella vacía en una de sus manos.
-          ¿Debería haber esperado? Pregunté asustado, pensando que quizás había violado alguna regla de caballerosidad.
-          ¡No!- exclamó golpeándome el brazo. – Ahora voy a tener que tomar más rápido para seguirte los pasos, te me adelantaste un poco nada más. Dijo mientras levantaba en su mano la botella agitándola para que el mesero la viera.
-          ¡Bueno! Dije envalentonado por la bebida. – ¿A que debo su amable invitación?
-          Directo al grano, como me gustan a mi. Guiño un ojo cómplice. – Te vengo observando desde hace algunos días, como te habrás dado cuenta, trabajó a unos pocos pasos del lugar donde tendés tu manta, me gusta lo que hacés, me gusta como tratas a tus clientes, me gusta tu onda, y tenía ganas de hablar con vos. ¿Soy muy directa? Espetó, mientras alcanzaba a llenarse el vaso con la cerveza que acababa de llegar.
-          Bastante para lo que uno está acostumbrado. Le contesté alagado y nuevamente ruborizado. – Acá me tiene, a su merced. Continué, mientras hacía un ademán con mis manos.
     La charla prosiguió entretenida, entre risas, preguntas y coqueteos mutuos, tres horas después, y varias cervezas más terminamos yendo para su casa, la cual estaba de paso para donde yo tenía que ir. Me invitó a pasar, pero alegué cansancio y borrachera, pero la verdadera razón era un poco de vergüenza y culpa. Sí, me gusta, y al parecer yo le gusto a ella, pero tentar a la suerte cuando una noche ya está bien en si misma, no es lo mío. La despedí con un beso, cerca de la comisura de sus labios, eso fue más por histérico que por otra cosa, pero pareció agradarle.

     Al continuar con mi camino vi que alguien me estaba esperando en la esquina de la casa de Raúl, ¡PAMPA! Grité con alegría, había venido a esperarme, y al parecer estaba contenta de verme, porque no paró de mover la cola desde el momento en que me reconoció, corrió y corrió a mi alrededor, ladrando, tirando sus patas delanteras para jugar conmigo, cuando llegamos a la casa le di un nuevo juguete que había comprado ese día, ella estaba muy feliz, y yo también.

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